Pasado imperfecto
Hace relativamente poco me colé por una persona que, muy a mi pesar, dejo de sentir lo que fuera que sintiera por mí. Por ello, a partir de ahora si digo cualquier cosa referente a dicha persona tengo que utilizar esa forma verbal tan preciosa que nos regala nuestra lengua que es el pasado.
Me canso de cerrar pasados. Me canso del “no puedo darte lo que necesitas”. En las largas (larguísimas) noches de insomnio en las que, como hoy, me acuerdo de él, me gusta jugar a no poner pasados y a poner en su boca lo que me gustaría oír (por una vez en mi vida).
Me encantaría que le encantara (de verdad) despertarse a mi lado. Que me dijera que se muere por llevarme a la playa más desierta del mundo. Que pasaba por aquí, a pesar de vivir en el otro lado del planeta, y me quiere invitar a un café. Que no sos vos, soy yo el que debería darse de cabezazos contra una pared por no ver la realidad.
Me hubiera gustado no sentirme imbécil por enésima vez. Eso no puedo decirlo en pasado, porque siempre acaba siendo un presente. Que me da rabia que justo en el instante en el que decido confiar… se esfuma todo; se acaba la magia, las palabras bonitas, los susurros de buenas noches. Mala suerte.